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Mi experiencia con la Ayahuasca: ¿Cómo olvidar aquel martes, 28 de noviembre de 1989? Pocas veces en mi agitada y torpe vida he "sentido" tan cerca -tan "mia"- lo que, en un alarde intelectual, podría definir como la "posesión de la Verdad". Claro que -seamos sinceros- no fue mi densa naturaleza física quien protagonizó esta nueva aventura. ¿Fue mi mente? ¿o quizás ese otro "yo" del que tanto hablan los iniciados y esotéricos? En realidad, poco importa. Aquel 28 de noviembre en Brasil, una parte de mí mismo -puede que la más noble- "vivió" una singular experiencia: el desafío de la ayahuasca o "soga del muerto". Y dicho esto, bueno y justo será que arranque con un mínimo de orden y concierto. Por J. J. Benítez
La sugerencia, a qué ocultarlo me pilló "fuera de juego". ¿Qué sabía este trotamundos de la ayahuasca? Prácticamente nada. En mis casi veinte años de peregrinaje tras lo insólito y lo misterioso había sabido de toda suerte de chamanes, curanderos, brujos, pócimas y rituales más o menos mágicos. Pero, sinceramente, muy pocos llegaron a movilizar mi insaciable curiosidad. Mi particular "guerra" con los enigmas que conviven con el ser humano se desarrollaba en otros "frentes", bien conocidos de cuantos se han asomado a mis 29 libros. Y dudé. Según mi buen saber y entender, la ayahuasca . como el hongo mazateco, el peyote, etc. . no era otra cosa que un bebedizo con notables propiedades alucinógenas, utilizado desde tiempo inmemorial por las tribus de la cuenca amazónica y, por lo general, con una intencionalidad mística o religiosa. Algo así como un "billete de ida" al inaccesible universo de lo "invisible", de lo "divino" y de la "mágico" por excelencia. Y digo yo que fue mi natural repugnancia por las drogas lo que siempre me mantuvo a años . luz de tan oscuros paisajes y paisanajes. Yo sabía del poder de la mente. Los cursos de "control mental" pusieron en mis manos una espléndida "caja de herramientas" con la que ejercitar la mente y hacerla volar más allá de las normales y conocidas fronteras de lo cotidiano. Y ahí, justamente, surgió el reto. Como tantos avanzados del espíritu, servidor también había practicado el noble ejercicio de "proyectar" su mente, "elevándose" sobre la materia y "explorando" los mundos interiores y exteriores... Pero, a pesar de los muchos y espectaculares resultados - a los que algún día tendré que referirme -, este tipo de "ejercicios" mentales ofrece siempre unas razonables dudas. ¿En verdad el ser humano puede "volar", con la sola ayuda de su cerebro, "visitando" física y realmente los más lejanos y recónditos parajes del planeta... o de otros astros? ¿Cómo conjugar la lógica con esas "transportaciones" mentales, capaces de llevarle a uno al domicilio de un amigo o de un desconocido y, lo que resulta más asombroso, "hacerle ver" la distribución del mobiliario o la decoración de las paredes? ¿Es que la mente humana disfruta de la casi mágica capacidad de "visualizar" a una persona desconocida, con la sola invocación de su nombre y apellidos y lugar de residencia? Estos y otros "ejercicios", a cual más fascinante e increíble, habían sido' practicados, como digo, por quien esto escribe. Y las sucesivas y pertinentes comprobaciones posteriores fueron confirmando la bondad de tales "prácticas". Pero la duda, parafraseando a Bini, siguió aguijoneando mi inteligencia. Y surgió la ayahuasca.
A pesar de la escasa información disponible en aquellos momentos en torno a los ingredientes que conforman la poderosa sustancia y que, en buena ley, hacen peligrosa su ingestión, confié en muy buena estrella. Estábamos ante la magnífica y, quizá irrepetible posibilidad de desplegar toda una "aventura científica". Toda una experiencia personal - meticulosa mente controlada - que podía desvelar algunos de los insondables y benéficos poderes de la mente. Nuestra intención, además, era filmar el proceso, paso a paso. Nunca, que supiéramos, un equipo de televisión había tenido acceso a tan secreto ritual. (La razón de mi presencia en América en aquel otoño-inviemo 1989 obedecía a la realización de una serie de programas, dirigida por Jiménez de Oso y que recibió el título genérico de "En busca del Misterio") Y dicho y hecho. Durante varias jornadas me entregué a la compleja y casi policíaca labor de intentar conectar con los ayahuasqueros. Aunque la toma de este brebaje se halla bastante generalizada en el Amazonas, el proceso de conexión y penetración en tan crípticos grupos no siempre resulta sencillo. Sin embargo, los "contactos" fructificaron. Y un buen día me ví sentado frente a un tal Paolo Silva, jefe de una especie de comunidad que recibe el nombre de "Cielo del Mar" y cuyos miembros han hecho de la Ayahuasca una sueñe de "eucaristía" y "eje" de sus vidas. El amigo Silva e Souza llevaba catorce años tomando regularmente la "soga del muerto" o "santo daime", como denominan también a la ayahuasca en dicho grupo. Una comunidad integrada por unas trescientas personas de los más dispares orígenes sociales y profesionales y que había plantado su "cuartel general" a las afueras de Río, en plena selva. Esta secta recibía los ingredientes básicos para la confección del brebaje desde el mismísimo corazón de la Amazonía, en la reserva de Mapía. Y finalmente, tras no pocas laboriosas conversaciones, convencidos de la rectitud de nuestras intenciones, aceptaron la singular propuesta: Fernando Jiménez del Oso y yo tomaríamos el "daime" o "planta del conocimiento", en una ceremonia especial, exclusivamente preparada para aquellos dos inquietos y osados aventureros de lo insólito. Dadas las características de la ayahuasca - sin duda uno de los más agresivos alucinógenos conocidos -, el mencionado "líder" dirigiría personalmente el ritual y la parafernalia que escoltan siempre este tipo de ceremonias. Conocía las dosis que debíamos ingerir, los tiempos que obligatoriamente tenían que transcurrir entre una y otra toma y los cánticos y rezos que - según la más pura tradición ayahuasquera - tenían la misión de "conducir" al "receptor" por los invisibles caminos del "más allá". Y aceptamos, naturalmente. Tanto mi compañero, Jiménez del Oso, como yo nos sentimos felices y emocionados. La verdad es que, en nuestra inconsciencia, no sabíamos muy bien dónde estábamos a punto de penetrar. Obviamos, por supuesto, las consignas más o menos "doctrinarías" de la secta, limitándonos, eso sí, a respetar los consejos de carácter práctico que nos fueron impartidos por el "líder" y que podían beneficiar nuestro estado físico, de cara a la ingestión de la intrigante sustancia. A saber: nada de alcohol y un espartano ayuno, al menos a lo largo de las 24 ó 48 horas precedentes al gran momento, Y ese esperado encuentro con lo desconocido llegó el martes, 28 de noviembre.
En el centro había sido dispuesta una mesa, primorosamente vestida con inmaculados manteles y sobre la que descansaban una gran cruz de doble brazo, flores silvestres, estampas católicas, un retrato del "Padrino Sebastián" (un anciano maestro espiritual del grupo), agua en abundancia y un alto y campanudo recipiente de blanca cerámica, provisto en su cuello inferior de un grifo y que asocié al punto con el depósito que podía contener la ayahuasca. Y enfrentados a los dos largos costados del insólito "altar", unos bancos y sillas en los que, presumiblemente, deberían sentarse los miembros designados por la hermandad para acompañarnos y dirigirnos en el singular "viaje". Como creo haberlo mencionado, esta "escolta" por parte de los ya "iniciados" era obligada para aquellos que, como nosotros, se enfrentaban a la "soga del muerto" por primera vez. Al parecer, según los entendidos, los efectos del brebaje son tan violentos e incontrolados que el "lego" debe ser "guiado", "aconsejado" y "tranquilizado" por la voz de un experto. Esta circunstancia, lejos de serenar nuestro ánimo, nos movió hacia la desconfianza. Tanto Jiménez del Oso como yo teníamos nuestros propios "planes y objetivos" y no deseábamos "interferencias" de ningún tipo. Pero lo pactado era lo pactado y, de momento, dejamos hacer a nuestros anfitriones. A las siete, todo se hallaba dispuesto. Las dos cámaras de cine, en sendas y estratégicas posiciones, bajo el control de Jorge Herrero, Pepe Villalba y Angel Yebra. El sonido en las manos de Pepe Nogueira y la vigilancia del complejo entramado de cables, luces y material técnico al cuidado de Adolfo Cristóbal. Y en sombra, dirigiendo la filmación, Carlos Puerto. Todos estos excelentes profesionales y mejores amigos, amén de ocuparse de la grabación de tan loca peripecia, se convertirían en buena medida en testigos de excepción de cuanto estoy relatando. Ellos asistieron al "viaje" desde fuera y nosotros, desde dentro. Incluso, dada la enigmática "puerta" que estaba a punto de abrirse en nuestros cerebros, dos de los miembros del equipo - Juan Fernández, productor, y el mencionado Adolfo - en un gesto de solidaridad y compañerismo, permanecerían atentos a todo lo concerniente a la seguridad e integridad física del psiquiatra y del periodista. La toma de la ayahuasca fue prevista para las ocho de la noche. Y una hora antes, respetuosos con el ritual, el doctor y yo nos retiramos a una oscura y pequeña estancia, contigua a la "iglesia", en la que aguardaban nuestros cada vez más inquietos compañeros, así como la treintena de hombres y mujeres del "santo daime" seleccionada para la ceremonia. Era curioso: entre estos últimos se respiraba un aire de fiesta. La ingestión del "sagrado licor" constituía siempre un respetuoso motivo de regocijo. Y era recibido como un "don del cielo", como una "santa conexión con la divinidad", como la "suprema gracia" y la posibilidad de "ver, sentir y dialogar con las jerarquías del más allá"... Paolo Silva, en su condición de "maestro ayahuasquero", nos recomendó sosiego y descanso. En mi caso, al menos, lo que en verdad necesitaba era acción: degustar de una vez aquella pócima de los infiernos y verificar por mí mismo sus cacareados y supuestamente convulsivos efectos. Y tras descalzarnos y acomodarnos sobre las mugrientas colchonetas que alfombraban el cuartucho, cada uno se sumió en sus propios pensamientos. Por mi parte traté de revisar el "plan" concebido para dicha ocasión. En los minuciosos interrogatorios a que había sometido a la gente del "santo daime", todos, unánimemente, coincidían en la necesidad de "dejarse llevar" por la propia "planta del conocimiento". Era lo acostumbrado. Debía ser mi mente, libre y sin ataduras, la que "eligiera" el rumbo. Sí, todo aquello estaba muy bien y probablemente dentro dela más pura "ortodoxia ayahuasquera". Pero, indisciplinado y anárquico, procuré que las "riendas" de los "salvajes caballos" que me disponía a montar estuvieran en todo momento bajo mi único y exclusivo control.
Si los alcaloides propiciaban el "viaje" y este inconsciente aventurero lograba "visualizar" el objeto de marras - ubicado a casi diez mil kilómetros - el remate del "experimento" era coser y cantar. Bastaba con telefonear de nuevo a nuestro "contacto" en España y preguntar la naturaleza de la pieza seleccionada. El segundo "objetivo - que nos permitía una precisa y posterior comprobación - fue sugerido por uno de los miembros del equipo, cuya identidad no estoy autorizado a desvelar. El "experimento" era relativamente similar al primero: "viajar" a un domicilio existente en la ciudad de Madrid, "recorerlo" en su totalidad y "descubrir y describir un regalo efectuado por mi confidente a la familia que habitaba dicha casa. (Debo advertir ue en aquellas fechas - noviembre de 1989 -, el equipo de televisión llevaba dos meses fuera de España.) Naturalmente, la única información recibida de mi amigo fue la dirección en la que se levantaba dicha vivienda madrileña. Junto a estos dos "proyectos", susceptibles, como digo, de verificación "a posteriori", incluí otros dos, de naturaleza más íntima y personal y que, como detallaré en su momento, no había forma humana de ratificar objetivamente. Aun así, amparándome en una deducción de pura lógica (aceptando que la "lógica" tenga algo que decir en semejante proceso), si los dos primeros "viajes" resultaban positivos y "acertaba" en las descripciones, ¿qué derecho tenía en dudar de la "realidad" de mis dos postreros propósitos?.
No obstante, como los buenos toreros ante "el portón de los sustos", apreté los dientes y busqué refugio en la aparentemente plácida faz de mi compañero de aventura. Sentado a mi derecha, Fernando Jiménez del Oso, impasible y relajado, parecía estar a punto de degustar una suculenta paella valenciana. Su presencia - no en vano es médico - aplacó el fantasma de la incertidumbre. Y, tal y como había programado, dispuse el "diario de campo", con la sana y juiciosa intención de ir anotando todas y cada una de mis reacciones durante el tiempo que durase la experiencia. Sé que esta actitud puede parecer absurda e incongruente. Si el sujeto que se sometía a la pócima emprendía en verdad ese alucinante "viaje", ¿cómo "conservar" la normalidad y la lucidez que exige un control escrito? En principio, según mi corto conocimiento, la mente es una e indivisible. ¿O no es así? Pero no adelantemos acontecimientos. Que sean los lectores y los expertos quienes reflexionen sobre lo que estaba a punto de ocurrir... Y puntuales, tras unos rezos preñados de sincretismo, la hermandad del "santo daime" estalló en una sucesión de cánticos monocordes y repetitivos que no cesarían en las casi cuatro horas que duró la ceremonia. Un coro arropado por guitarras y que, en todo momento, fue diestra e inteligentemente dirigido por el "líder" Paolo Silva, sentado a la cabecera de la mesa y encargado al mismo tiempo del suministro de la ayahuasca. Ante mi sorpresa, a lo largo de todo el experimento no hubo una sola voz que hiciera de "guía". En esta oportunidad, al menos, el "sistema" utilizado por los ayahuasqueros fue el de los referidos cánticos, que ensalzaban sin cesar las virtudes, la bondad y la sabiduría de la floresta amazónica. En mi caso - conviene adelantarlo -, esta "fórmula" de conducción resultó tan ineficaz como molesta. Lejos de "impulsar o estimular" mi mente hacia ese "más allá", sólo contribuyeron a distraer mi atención. Y dicho esto, siempre en beneficio de la autenticidad, a partir de ahora procuraré ajustarme a lo descrito en mi inseparable diario "de abordo". Entiendo que esas anotaciones y comentarios, registrados "en vivo y en directo", son del todo elocuentes:
Amargo, frío, rompe las entrañas...Fernando y yo nos miramos. Cruzamos una significativa mueca de horror. Ahora sólo podemos esperar. El resto del grupo va desfilando junto a Paolo y apurando sus dosis correspondientes. Arrecian los cánticos... "lntento relajarme. La pócima me hace temblar de pies a cabeza. Mis reacciones, sin embargo, son normales. La visión, óptima. Escucho con precisión y claridad. Al fondo, incluso, creo percibir los murmullos del realizador y de los cámaras... Cierro los ojos, tratando de percibir algo. Pero, ¿qué se supone que debo captar?.
"Náuseas... Aparecen en oleadas. Mal asunto. Esto empieza a complicarse. El estómago se. retuerce. Dolor sordo a nivel de vientre. Diafragma y esófago "protestan". "Hace rato que Fernando y yo no hablamos. Entiendo que sus síntomas pueden ser parecidos. Tiene mala cara." "21 h. 10 minutos: uno de los miembros del grupo mueve la foto del "Padrino Sebastián", situándola más cerca de nosotros. (?). Música y canciones imparables. Son incansables... "21. h. 37 minutos: las náuseas se multiplican. Sudor frío. Capto ligeros mareos. Encuentro dificultad para escribir... Visión: aceptable. Al fondo, por las ventanas abiertas de la "iglesia" escucho el gratificante ruido de la lluvia... No "recibo" ni "capto" nada especial... Creo que mi conciencia continúa intacta y lúcida... Temperatura normal, aunque empiezo a experimentar algo de frío..." "Fernando, al interesarme por su estado, me responde lacónicamente: "Mareos y diarreas". Me asusto. "21 h. y 44 minutos: náuseas, mareos y primeros síntomas graves que anuncian vómitos. Lucho por controlar mi dolorido estómago. Esto es infernal. Me siento morir... "21 h. y 50 minutos: " imposible contenerme. He tenido que levantarme y refugiarme en uno de los flancos de la "iglesia". Las arcadas llegan por oleadas. Me baña un sudor gélido. No he conseguido vomitar. Creo haber expulsado algunos ácidos (?)... Estómago, vientre, riñones, esófago y garganta se resienten del poderoso esfuerzo por expulsar la pócima. "21 h. 52 minutos: retorno inseguro al banco. Adolfo se ha situado a nuestra espalda, vigilante e inquieto. Cierro los ojos de nuevo. Inspiro en profundidad. Nada. Aquí no pasa nada... "22 h. 7 minutos: alguien destapa la cántara de cerámica y viene una botella de ayahuasca. Las náuseas y mareos empiezan a remitir. Escribo con mayor lentitud. Sigo percibiendo la realidad que me rodea. Pepe Villalba ha vuelto a cambiar de chasis. Pero estos cánticos...
"22 h. 20 minutos: la visión se espesa. Debo esforzarme para distinguir la hora. ¿Primeros síntomas? El malestar general desaparece... Percibo una progresiva relajación. Pero, esa música... Si pudieran parar... Algo ocurre... Me distraen. Actúo por mi cuenta... "22 horas 30 minutos: abro los ojos. En estos últimos minutos ha sido magnífico. Paz. Paz... Sensación de paz. Floto. Actúo al margen de los cánticos. Soy consciente de que escribo, de que estoy aquí, del reloj, del equipo. Al mismo tiempo no estoy aquí... La estrella del techo me ayuda con su secuencia... No puedo contar ese vuelo... Ahora no..." Me veo obligado a "saltar" sobre mi propio diario. En esas especiales circunstancias - a las dos horas, aproximadamente, de haber ingerido la primera dosis - resultaba poco menos que imposible la transcripción detallada de lo que estaba "viendo y viviendo". Fue paulatino, pero inexorable. Hacia las 22.20 horas (madrugada en España), los efectos del alucinógeno empezaron a percibirse en mi organismo: benéfica relajación muscular, pesadez en los párpados y bienestar. Y todo ello, sin dejar de recibir los lógicos y naturales estímulos exteriores: ruidos de pisadas a mi alrededor, cánticos, silencios, carraspeos... Me hallaba plenamente consciente. De vez en vez, aunque con dificultad, abría los ojos, tomaba algunas notas 'y regresaba ansioso y entusiasmado a tan placentero estado. En un primer momento - antes de poner en marcha los "objetivos" previamente trazados - me llamó la atención un hecho probablemente pueril. Sobre la mesa, colgando del techo, oscilaba una estrella dorada, mecida por la brisa que penetraba por los costados abiertos del "templo". Sus rítmicos destellos, cada cinco o seis segundos, fueron más útiles en el proceso de concentración que todos los cánticos de la hermandad. Pero lo asombroso es que cada uno de los movimientos de alzada de mi cabeza, a la búsqueda de los mencionados reflejos dorados, se me antojaban interminables, lentísimos, casi eternos. Y al hacer coincidir mis ojos cerrados con dichos destellos, mi mente, mi "otro yo" o lo que fuera "escapaba" de mi cuerpo físico, emprendiendo el "vuelo". ¡Ah, una vez más, las palabras me limitan!.
Y en segundos - suponiendo que el concepto tiempo pueda ser utilizado en semejante "estado" - fui descendiendo de nivel. Pero, ¿cómo pude orientarme? Lo ignoro. Lo cieno es que "allí abajo" aparecieron las luces de una gran ciudad. Y "supe" que era Lisboa. "Instantes" después "abordaba" el Gran Bilbao. Y "volando" a la altura de las farolas fui a situarme frente a la casa "elegida". Ni se me ocurrió "abrir" las puertas. Como lo más natural del mundo "atravesé" cristales y maderas, penetrando en el interior de la vivienda. En aquellos "momentos" (?) - según las notas del diario, alrededor de las 01 horas y 30 minutos de la madrugada española -, la familia dormía. Y según lo convenido telefónicamente, "recorrí" las habitaciones, a la "búsqueda" del misterioso objeto depositado en el piso. Fue un "paseo" igualmente placentero, "recreándome" en cuanto "veía", "absorbiendo" hasta el último detalle de muebles y paredes y con la diáfana sensación" de que la experiencia era tan cierta como aquella "otra" que estaba viviendo entre focos y cámaras de televisión. Pero, ¿cómo era posible que pudiera "estar" en dos lugares a un mismo tiempo?. Al penetrar en uno de los dormitorios, mi atención quedó "clavada" en "algo" que yacía sobre una alfombra. Me aproximé y descubrí una fotografía de unos quince centímetros de altura. ¿Qué hacía aquel retrato en mitad del piso?. Pero hubo algo más. La mujer que dormía boca abajo en la única camaexistente en dicho dormitorio, y que yo conocía, presentaba un cabello largo, a cuatro dedos de la cintura. ¿Cómo era posible - me pregunté si dos meses antes, al partir de España, su pelo apenas si descansaba sobre los hombros?. E intrigado terminé por abandonar el País Vasco, disponiéndome a ejecutar el segundo de los "trabajos". Si en el primero de los "objetivos" yo conocía la ciudad y la casa en cuestión, no podía decirse lo mismo respecto al domicilio madrileño. Mi ignorancia en lo que a su ubicación se refiere era total. Y, sin embargo, el "vuelo" hacia la calle y la casa fue impecable. Y "penetré" en ella, desplegando una minuciosa y exhaustiva "exploración" de sus aposentos. En esta ocasión, los dos únicos moradores se hallaban despiertos. Y cuando estimé que la "misión" se hallaba consumada, puse en marcha los tercer y cuarto "experimentos". "22 horas y 43 minutos: ahora "vuelo" a mi antojo... Anotaciones lentas... Estoy bien. Ningún dolor...He visto a Jorge aproximándose con la cámara Jiménez del Oso trata de tomarme el pulso... Me niego... Vuelo otra vez..."
El tercer "experimento" tuvo un carácter intimo. Los pocos que me conocen y cuantos hayan podido leer mil libros saben que creo en la existencia de una "fuerza" superior, que "vigila, protege y controla" a cada ser humano. Unos "seres" que - echando mano de una metáfora - servidor suele identificar con los "viejos ángeles de la guarda". Unos "personajes" que . ¿por qué no? - podrían "viajar" en lo que denomino, con tanta familiaridad como osadía, la "nave nodriza". Pues bien, aunque no me he referido a ello, por expreso deseo mío, en el transcurso de los dos primeros "viajes", uno de estos "seres" (viejo conocido) me acompañó en todo momento. Y concluido el "asunto" de Madrid, "deseé" ver (?) esa famosa "nave nodriza". Y el "ser" que "volaba" a mi lado "sonrió", señalándome las "alturas". Y al igual que en las películas de "Superman", ese extraño "J.J. Benítez" -ascendió como un cohete, abriéndose paso en la oscuridad del espacio. Unas tinieblas azabache. Espesas. Y recuerdo haber "visto" - por mi derecha - la curvatura de la Tierra. A juzgar por la -escasa inclinación de ese arco, que destacaba en la negrura por una estrecha y difuminada "banda" no debía "hallarme" a demasiada altura. y "ahí" terminó mi nuevo "vuelo". "Algo" me bloqueó, deteniéndome. Y en lo alto - no demasiado lejos - descubrí una inmensa "luz" blanca. Guardaba la forma de un ovoide. Parecía inmóvil. Y "comprendiendo" que el acceso a la misma me estaba prohibido, me limité a contemplarla. Y en ello estaba cuando, de pronto, de la gigantesca "luz" surgieron dos "hileras" de "seres". Y a gran velocidad descendieron hacia la Tierra. Una desfiló por mi izquierda y la otra por mi derecha. Pero fue imposible captar o retener sus rostros. El paso de aquellas "procesiones" de "seres" era vertiginoso. El cuarto "deseo" - no sé si debo calificarlo de "experimento" - llegó a renglón seguido. Casi formando parte de esa desconcertante "secuencia" de personajes "rumbo" a nuestro mundo. No es ningún secre-to, al menos para los que hayan podido leer los "Caballos de Troya", que profeso una inquebrantable admiración y cariño por Jesús de Nazaret. Yo también tuve mi particular "Damasco" y, desde ese instante, sé que le debo mucho. Y he aquí que, en - mi ingenuidad - como algo muy personal - me propuse servirme de la ayahuasca para tratar de verlo. Sólo quería contemplarlo. "Saber" cómo es en realidad. Puestos a pedir... Y súbitamente, mientras "flotaba" en el espacio, de la magnifica "luz" se desprendió "algo". Pero ese algo, en lugar de pasar de largo, como sucediera con los "seres", fue a situarse frente a este "pecador". Casi al alcance de mi mano. Era una cabeza humana (?). Y la reconocí al momento. Mas, ¿cómo era posible?. Ese "rostro", impresionante, dulce, majestuoso, llevaba años colgado en mi lugar de trabajo... Un buen día, allá por el año 1984, justo tras la aparición del primer "Caballo de Troya", la imagen en cuestión "apareció" en mi domicilio, sin remitente, ni señal alguna del punto de procedencia. Y aquel rostro me cautivó. Y ahí sigue, frente a mi mesa de trabajo como una ayuda y un confidente. A qué negarlo. Aquel postrer "regalo" de los cielos me dejó confuso y emocionado. ¿Era ése el auténtico aspecto de Jesús?. ¿Y por qué no? La verdad es que la "aparición" de aquella "imagen" en mitad de la oscuridad del espacio era lo último que hubiera podido esperar e imaginar. Sinceramente, yo había "concebido" al Hijo de Dios como un ser de luz...
Y fue en el autobús, nada más abandonar el recinto del "santo daime", cuando los excelentes reflejos periodísticos del jefe de Fotografía del equipo, Jorge Herrero, nos permitirían disponer de un documento sonoro de vital importancia. Postrado en el asiento del autocar que debía devolvernos a Río, recuerdo entre brumas el pequeño magnetófono de Jorge y algunas de sus preguntas. Y allí, providencialmente, fui relatando parte de la experiencia. Supongo que el natural escepticismo de mis amigos debió tambalearse peligrosamente. ¿"Volar" con la mente? ¿"Viajar a diez mil kilómetros y "penetrar" en las casas como un fantasma?. Ellos sabían de mi honestidad y seriedad. Y la narración de tan increíbles sucesos les dejó atónitos. Pero la gran sorpresa llegaría al día siguiente. Fue suficiente una llamada telefónica a la dueña de la casa, en Bilbao, para verificar que, en efecto, esa madrugada, en el piso de uno de los dormitorios, el misterioso y desconocido objeto depositado en el suelo había sido ¡un retrato en color!. Que cada cual saque sus propias conclusiones... En cuanto al segundo "experimento", el acierto fue igualmente total. Mi compañero de equipo, al escuchar la descripción de la vivienda madrileña, quedó desconcertado. ¿Cómo era posible que pudiera hablarle hasta de los palos de golf que adornaban las paredes?. Estos asombrosos relatos de los dos primeros "viajes" - constatados, como digo, "a posteriori" - me inclinaron a creer que también el tercer y cuarto "experimentos" podían encerrar una notable dosis de verdad: Como manifestaba el. Maestro, "quien tenga oídos, que oiga..." Pero, al margen de los "aciertos", quizá lo que más llamó mi atención de semejante "aventura" - y que conservo en mi corazón como un preciado "tesoro" - fue la nítida y rotunda "sensación" de "poseer la Verdad". Si "traducir" a palabras la experiencia de la ayahuasca resulta ya comprometido, intentar describir ese sentimiento es poco menos que imposible. Lo cierto es que, mientras "volaba y viajaban" ese extraño "estado de conciencia" me permitía "saberlo y conocerlo todo". Y yo estaba seguro de que así era. Y en el fondo me sentí feliz y esperanzado porque, en definitiva, ese debe ser el "mundo" que nos aguarda al otro lado de la muerte. Y "supe" también que la temida muerte, tan pésimamente interpretada como explicada a lo largo de la Historia, guarda una íntima relación con cuanto me tocó "vivir" en aquel tiempo sin tiempo. |